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La Política de Aranceles de Donald Trump Solo Está Consolidando el Monopolio

Hay ideas que se instalan casi sin esfuerzo, como si vinieran envueltas en una bandera. Una de ellas es esa "Los Aranceles de Donald Trump", que se repite siempre con tono solemne: “hay que defender la industria nacional”. Se la escucha en debates, en conferencias, en entrevistas de radio. Se nos presenta como algo incuestionable, casi sagrado. 

El problema es que cuando uno se toma el trabajo de mirar lo que realmente ocurre detrás de esa frase, la imagen se vuelve bastante distinta. Porque, aunque suene lógico y justo, el esquema de aranceles que promete proteger a todos termina, en la práctica, sosteniendo a los más grandes mientras empuja a los pequeños a desaparecer.



La idea que parece lógica, pero no lo es tanto

El argumento tradicional entra fácil porque apela al sentido común. Si entran productos del exterior demasiado baratos, los productores y comerciantes locales no pueden competir. Entonces, se pone un impuesto a esas importaciones para subir su precio y emparejar la competencia. Suena razonable. Suena equilibrado. Incluso suena moral: cuidar lo propio frente a la avalancha extranjera.

Pero hay algo que pocas veces se dice con claridad. Ese arancel se cobra igual para todos. Para la multinacional que trae cientos de contenedores y para el comerciante que importa lo justo para sostener un negocio familiar. Es una igualdad en el papel que en la vida real se convierte en desigualdad profunda. El grande tiene espalda financiera, estrategias contables, créditos a los que el resto jamás accederá y margen suficiente para absorber un golpe de costos. El chico no. El chico vive del margen fino, de ajustar cada gasto, de sostener un ritmo que ya es frágil de por sí. Cuando el costo sube de golpe, ese margen se pulveriza. Y cuando el margen desaparece, desaparece el negocio.



El caso que lo expuso con nitidez

Esto no es una idea teórica ni un debate académico. Le pasó a Victor Schwartz, un importador de vinos y licores de Nueva York que llevaba décadas trabajando en su rubro. No era una megacorporación ni un gigante del mercado. Era, como tantos otros, alguien que construyó un negocio familiar, paso a paso. Cuando entraron en vigor los aranceles impulsados por el gobierno de Donald Trump, esos mismos aranceles que se presentaban como defensa de la industria local, el impacto fue inmediato. Schwartz lo explicó con una simpleza que corta: los aranceles no los pagan los países extranjeros, los pagan las empresas estadounidenses cuando importan. Él los pagaba. Y, tarde o temprano, sus clientes también.

Como en el mundo del vino los precios se fijan con mucha anticipación, no podía simplemente remarcar todo de un día para otro. Su estructura no tenía margen para absorber ese costo inesperado. Para un gigante eso significa un ajuste. Para un negocio chico significa la ruina. Schwartz llevó el caso a la Justicia y ganó. Dos veces. Ahora espera la decisión final en la Corte Suprema. Pero más allá del resultado judicial, el caso dejó en evidencia lo que pasa cuando una regla se aplica como si todos fueran iguales, cuando en realidad están jugando partidas distintas. 


Un Pequeño Empresario Lleva a Trump a la Corte Suprema en un Caso Histórico por Aranceles



La solución simple que nadie quiere aplicar

Existe una alternativa tan obvia que llama la atención que no esté integrada en la norma. 

Se llama cupo progresivo. 

La idea es muy simple: hasta un cierto volumen de importación anual, el arancel debería ser nulo o muy bajo, permitiendo que los pequeños comerciantes puedan operar, sostenerse y competir. 

A partir de ese volumen, cuando ya hablamos de actores grandes, con estructura y espalda, ahí sí aplicar el arancel completo.

Esto mantiene viva la competencia, evita la expulsión del pequeño jugador, preserva la diversidad de oferta y previene que grandes empresas inunden el mercado para barrer a todos los demás. Es un sistema equilibrado, razonable y perfectamente aplicable.

Y entonces surge la pregunta incómoda. Si la solución existe, es simple y beneficia al conjunto, ¿por qué no se implementa?



Cuando la protección se convierte en excusa

Acá es donde la frase “defender la industria nacional” se revela en su doble filo. Porque si los aranceles afectan más a los pequeños que a los grandes, si la competencia se reduce y el mercado se concentra en pocas manos, si los jugadores que quedan son siempre los mismos, lo que se está protegiendo no es la industria, sino el dominio de quienes ya la controlan. No se está cuidando el trabajo, se está cuidando el poder. No se está defendiendo la economía local, se está blindando la cima de la pirámide.

Lo más fuerte es que todo esto se hace con el lenguaje de la patria como escudo. Se presenta como cuidado cuando en realidad es expulsión. Se habla de igualdad mientras se refuerza la desigualdad. Se promete equilibrio mientras se empuja lentamente a miles de pequeños comerciantes hacia el abismo.

La idea vende protección. En la práctica, lo que construye es concentración. Y cuando la diversidad económica desaparece, el país queda, silenciosamente, en manos de muy pocos. El monopolio

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